Depende de qué conducta esté ocurriendo, del nivel de activación y de cómo lo hagas. En términos conductistas, el refuerzo se define por su efecto: si después de tu intervención una conducta aumenta su probabilidad, es que ha habido refuerzo de esa conducta. Eso no significa “reforzar el miedo” como si fuera una orden que el perro decide ejecutar, pero sí significa que tu respuesta puede mantener o aumentar ciertas conductas (por ejemplo, buscar tu contacto, llorar, intentar escapar o evitar un estímulo).

A la vez, no todo es operante. Hay aprendizaje emocional por asociación: tu tono, tu postura, el contacto físico o incluso acercarte pueden funcionar como estímulos que cambian el estado del organismo. En muchos casos, una presencia calmada y predecible ayuda a bajar activación y favorece que el perro procese mejor lo que ocurre. En otros, si tu intervención añade urgencia o confirma que “está pasando algo grave”, puede aumentar la sensibilización.

La forma más segura de plantearlo es esta: acompaña sin dramatizar, reduce demanda, aumenta distancia si hace falta y trabaja siempre por debajo del umbral. Si el perro está desbordado, el objetivo no es “corregir”, es recuperar capacidad de aprendizaje. Si este tipo de miedo se repite o se generaliza, conviene trabajar con un profesional para diseñar exposiciones progresivas y recondicionamiento emocional.